Hace cuatro veranos (si los
cálculos no me fallan) nos fuimos de vacaciones a la playa y nos llevamos a mi
prima pequeña, que entonces tenía 5 y que no conocía el mar. Mientras íbamos en
el coche hacia Elche, hacía memoria de mis primeros recuerdos en el mar. Me
vino a la cabeza mi madre, jovencísima, con un bañador negro liso, agarrándome
de la mano para entrar al agua. Recuerdo cómo me subía encima suyo para que no
me tirasen las olas y cómo odiaba cuando estas rompían y me obligaban a bucear.
También recuerdo el picor en los ojos o lo extraño que me parecía el sonido que
hacía el mar cuando me sumergía. Recuerdo mañanas y tardes recogiendo conchas
vacías en la orilla con mi hermana. Me apasionaba el mar, yo no era muy aficionada
a los castillos o a tomar el sol cómo lagartos. Pero en el mar sí, en el mar me
podía pasar las horas. Era la rutina mañanera en la playa de Los Arenales del
Sol. Nada más pisar la arena, mi hermana pequeña y yo, tirábamos todo al suelo
y corríamos como locas a bañarnos en el agua salada. Me viene a la cabeza mi
madre echándonos agua por la cabeza constantemente para que no nos diera una
insolación o cómo salíamos a mojar a mi padre para que se bañara con nosotras.
Entre un recuerdo y otro se despertó mi prima, que por suerte llevaba dormida
las tres horas de viaje. Entonces le pregunté si tenía ganas de llegar y ver el
mar… Para mi sorpresa, ella me respondió con un “pero prima, si ya lo he visto
en la tele”.
Unos años después, nos subíamos a
un avión por primera vez, con destino a Londres. Entonces fui yo la que me
sorprendí a mí misma al llegar al Big Ben y pensar “no es para tanto, parecía
más espectacular en las fotos”. Supongo que ni mi prima, ni yo, fuimos las
primeras en tener esa sensación de decepción al ver el objeto real y la
distancia (en el mal sentido de la palabra) con sus representaciones. El
acercamiento y la globalización que han provocado las nuevas tecnologías
parecen habernos quitado la capacidad de sorprendernos, la sensación de lo
novedoso. Me entristece pensar que podamos llegar a perderlas.
Interesante historia, Paula. Estoy totalmente de acuerdo en que las nuevas tecnologías no han cambiado el modo de ver las cosas y, como dices, en muchos casos ni nos sorprendemos pues ya lo hemos visto, nos decepcionamos o ni siquiera iríamos a los sitios porque ya los vemos a través de una pantalla.
ResponderEliminarEn nuestro blog tratamos asuntos relacionados con la seguridad en la web:
controlenred.blogspot.com.es
Yo también he vivido esa decepción de la que habla Paula... una pena. Por eso, cuando preparo un viaje, me niego a ver imágenes del sitio al que voy, en un desesperado intento por evitar que la televisión acabe con mi capacidad para sorprenderme viendo algo nuevo.
ResponderEliminarNo sé, a veces comparto esa sensación y otras no. Cuando lo que veo es tan popular como los letreros de la esquina de Picadilly Circus, me parece gracioso verme a mi misma en ese "decorado" tantas veces visto. Sin embargo, cuando te puedes permitir el lujo de visitar esos grandiosos paisajes naturales, como Iguazú o el Perito Moreno, ninguna foto o video que hayas visto antes te va a restar un ápice de la impresión de oler, oir, sentir y, por supuesto, ver esa exuberante naturaleza.
ResponderEliminarDesde luego hay lugares que ni ya vistos mil veces dejan de impresionar. Ahí está también el valor de las cosas
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