Me asusta cómo los niños controlan
cada ordenador, cada móvil, en fin, cada dispositivo, es como si hubiesen
nacido con ellos debajo del brazo. Hace unos cuantos meses, fui a visitar a mis
primos, con los que me llevo unos once años, y decidí llevarles un detalle a
modo de agradecimiento por su invitación. Les llevé un juego de cartas
temáticas para cada uno, para él, con unos dinosaurios espeluznantes y para ella,
las ya conocidas entre las niñas de esa edad, las Monster High. En definitiva, era aquel regalo que hubiese deseado
de pequeña que me trajeran si venían a mi casa, para jugar al juego de las
familias entre muchos otros. Lo abrieron con mucho entusiasmo y una cara de
felicidad tremenda (sospecho que por el tamaño imaginaban un móvil) y su semblante,
para mi sorpresa, no cambió en absoluto, es más, se pusieron contentos y a
jugar con ellas inmediatamente. Os podéis imaginar, aquello se había
constituido para mí como un triunfo, había dado en el blanco. Pero la cosa
cambió, a los cinco minutos (exactamente lo que les costó comprender que no
sabían cómo jugar con aquello) guardaron la baraja y cogieron cada uno su
tablet y, por supuesto, estuvieron jugando con ella más tiempo que con las
cartas.
En absoluto me sorprendió, mis
primos no son los únicos que prefieren las tablet y cualquier otro dispositivo
electrónico a algún juguete que puedas tocar y jugar, así como imaginar
historias fascinantes con él. Un poco alicaída, le pregunté a mi
prima algo que desde luego no debería haber hecho pero que por supuesto me ha
servido de inspiración para escribir este artículo: “¿te han gustado las
cartas?” a lo que, ni corta ni perezosa y motivada por el desconocimiento de
que era yo quien se las había regalado, o la excesiva sinceridad de los niños,
o quizá un poco de ambas, me respondió que “si, me han gustado, pero prefiero
la tablet”. Me lo imaginaba. Además, me recomendó que para su cumple tuviese
mejor acierto y que, desde luego, quería un móvil. Esta petición me dejó algo
asustada. Yo con ocho años el único móvil que quería era el que tenía caramelos
dentro de él.
Regresé a casa reflexionando en
todo aquello, en cómo la infancia en apenas la última década ha evolucionado,
en cómo los niños saben perfectamente qué hacer con cualquier dispositivo que
les pongas delante (cosas que os aseguro ni yo he aprendido aún) pero no saben
cómo se juega a un juego que implique la mímica, o cómo con dos muñecos puedes
idear una historia distinta cada día.
Quizá esté haciéndome mayor con
demasiada lentitud como para asimilar lo rápido que cambian nuestros tiempos,
pero cada vez se me hace más raro ver a niños en su más tierna infancia
utilizando juguetes convencionales y no utilizando ningún aparato electrónico.
No es que me entristezca, simplemente acepto que es el ritmo que esta nueva
sociedad debe tomar, pero me hace reflexionar en cómo los muñecos de bebé y los
dinosaurios se están sustituyendo por muñecos de bebé y dinosaurios atrapados
en una pantalla que realizan más acciones que las que hacían mis juguetes. Me
asombra ver cómo mi prima saca mejores selfies que yo y sabe retocarlas y
pasarlas por WhatsApp a todo aquel que le interesa, ver cómo busca vídeos en
Internet de canciones de alguna película de Disney, ver cómo controla el
ordenador mejor de lo que yo lo hago. Si generaciones que nos anteceden
pensaban que nosotros sabríamos controlar todo lo relacionado con la
electrónica, ¿qué será de las generaciones futuras? Desde luego, estoy segura
que podrán sacarse selfies desde el
vientre materno.
En cierto modo, agradezco la
sinceridad de mi prima y su inconsciente invitación a reflexionar, y desde aquí
le anticipo que puede que en los próximos regalos tenga mejor destreza para
elegir, pero que intentaré regalarle algo con lo que pueda despertar la
imaginación infantil.
Ana Rodríguez.
Ana Rodríguez.

(Fuente: Revista Ella Hoy)
Algo hemos tenido que hacer mal en el proceso de aceptación de las nuevas tecnologías para que esto que cuentas sea tan real como la vida misma. Me alegro de haber nacido unos años antes del boom tecnológico y de haber tenido la oportunidad de crecer sin saber lo que era una tablet ni eso de descargarse un juego en en móvil.
ResponderEliminarEs increíble como las nuevas generaciones, casi de forma innata, dominan la tecnología mejor que los más veteranos. Da vértigo pensar como será el futuro de la sociedad, basado mayoritariamente en la tecnología. Una comba o unos tazos no vendrían mal para no perder la esencia de nuestra niñez. Muy buena reflexión!
ResponderEliminarEste comentario ha sido eliminado por el autor.
ResponderEliminarLa verdad que no puedo estar más de acuerdo en que parece que los niños de hoy en día ya nacen aprendidos. No puedes dejar de sorprenderte como hacen cosas que tú, con once años más y mayor experiencia con estos aparatos, ni te imaginas que se pueden hacer. Pero no deja de ser la misma sensación que nuestras masres tienen cuando nos ven utilizar cualquier ordenador, asíque es cierto que nos hacemos mayores sin darnos cuenta.
ResponderEliminar“La cibercomunidad naciente encuentra refugio en la realidad virtual, mientras las ciudades tienen a convertirse en inmensos desiertos llenos de gente, donde cada cual vela por su santo y está cada cual metido en su propia burbuja.” Así retrataba Eduardo Galeano el digitalizado vientre materno que es aquí igualmente predicho.
ResponderEliminarCurioso ecógrafo el salón familiar, ¿verdad?; curioso desde que en él es habitual encontrar, sumergido en la placenta del sofá, un niño de ojos pixelados en posición fetal. Los selfies desde el vientre materno son ya una realidad en este esperpéntico hospital. Y por cierto, las enfermeras de la sala de despertar parecen llevar ya unos años perdidas en la cafetería.
La tecnología, al igual que la moneda, es buena sierva pero mala ama. Rebobinen la cinta de vídeo si son tan amables (y si es que aún queda alguien que recuerde qué era una cinta de vídeo), creo que la conciencia se ha quedado en stand-by.
PD: ¡Ni se te ocurra cambiar de tipo de regalo!