Si hay algo que diferencia al ser humano del resto de los
seres vivos que hay en la faz de la tierra es la capacidad que tenemos de articular
palabras, de reflexionar sobre
conocimientos, de comunicar ideas, de
recordar lo pasado, en definitiva lo que significa nuestra racionalidad,
nuestra cultura y nuestro lenguaje. Por lo tanto, si de algo no nos podemos
despojar, ni desprendernos de ello, ni mucho menos ningunear, es precisamente
de estas palabras en mayúsculas, CULTURA y LENGUAJE. Estas son precisamente las
bases de la razón humana y lo inherente a la humanidad.
Por todos son sabidas las más que manidas “bondades” que nos
venden sobre las nuevas tecnologías de la información y la comunicación (la
globalización, los flujos de información
y comunicación abundantes, incesantes y directos, interconexiones en red, etc.)
de una forma desinteresada en aras de una sociedad global más igualitaria y más
próspera. ¿Más próspera para quién?, es a lo que deberían de responder esos “desinteresados
vendedores” y lo que se preguntan
aquellos entendidos que creen que es un arma de dominación.
Pero dejando atrás temas excesivamente farragosos y con
demasiado calado para este tipo de artículos, centrémonos en estragos más
mundanos que provocan las nuevas tecnologías y a los que hace referencia el
título; la condena del lenguaje. Las nuevas tecnologías debido a su propia
concepción premian la instantaneidad, la velocidad, la simplificación, la
reducción, la rentabilidad, la productividad, “menos es más”, etc. y bajo esta
lógica mercantil el lenguaje está destinado a una condena perpetua llena de
denigrantes atrocidades, llegando a exprimir el último gajo de un lenguaje
moribundo.
Un claro ejemplo de este asesinato al lenguaje y a la
cultura son los métodos que utilizan algunas redes sociales como puede ser
Twitter con la regla de los 140 caracteres. Así lo que fomentamos es una
sociedad con una actitud simplista ante la vida, con unos pensamientos y unos
conocimientos bastante básicos, sin lugar para la reflexión y la deliberación y
con una gran mayoría de neófitos en temas culturales; encaminándonos a una
triste sociedad de informados-iletrados. Lo cual es decepcionante, aún más en
la época en la que la cultura está al alcance de casi todos.
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