miércoles, 18 de marzo de 2015

Condenando a la cultura

Si hay algo que diferencia al ser humano del resto de los seres vivos que hay en la faz de la tierra es la capacidad que tenemos de articular palabras, de reflexionar  sobre conocimientos,  de comunicar ideas, de recordar lo pasado, en definitiva lo que significa nuestra racionalidad, nuestra cultura y nuestro lenguaje. Por lo tanto, si de algo no nos podemos despojar, ni desprendernos de ello, ni mucho menos ningunear, es precisamente de estas palabras en mayúsculas, CULTURA y LENGUAJE. Estas son precisamente las bases de la razón humana y lo inherente a la humanidad.

Por todos son sabidas las más que manidas “bondades” que nos venden sobre las nuevas tecnologías de la información y la comunicación (la globalización,  los flujos de información y comunicación abundantes, incesantes y directos, interconexiones en red, etc.) de una forma desinteresada en aras de una sociedad global más igualitaria y más próspera. ¿Más próspera para quién?, es a lo que deberían de responder esos “desinteresados vendedores” y lo que se preguntan  aquellos entendidos que creen que es un arma de dominación.

Pero dejando atrás temas excesivamente farragosos y con demasiado calado para este tipo de artículos, centrémonos en estragos más mundanos que provocan las nuevas tecnologías y a los que hace referencia el título; la condena del lenguaje. Las nuevas tecnologías debido a su propia concepción premian la instantaneidad, la velocidad, la simplificación, la reducción, la rentabilidad, la productividad, “menos es más”, etc. y bajo esta lógica mercantil el lenguaje está destinado a una condena perpetua llena de denigrantes atrocidades, llegando a exprimir el último gajo de un lenguaje moribundo.


Un claro ejemplo de este asesinato al lenguaje y a la cultura son los métodos que utilizan algunas redes sociales como puede ser Twitter con la regla de los 140 caracteres. Así lo que fomentamos es una sociedad con una actitud simplista ante la vida, con unos pensamientos y unos conocimientos bastante básicos, sin lugar para la reflexión y la deliberación y con una gran mayoría de neófitos en temas culturales; encaminándonos a una triste sociedad de informados-iletrados. Lo cual es decepcionante, aún más en la época en la que la cultura está al alcance de casi todos.

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